Argentina atraviesa un ciclo de poder marcado por la polarización política. Del kirchnerismo a Macri, de Fernández a Milei: cada gobierno parece negar al anterior en lugar de construir continuidad.

La Argentina de 2026 sigue atrapada en un patrón que se repite como una maldición: cada nuevo gobierno surge como negación del anterior, y cada ciclo presidencial parece traer consigo la promesa de un cambio radical que, en los hechos, profundiza las fracturas existentes. Este fenómeno no es casual ni reciente; sus raíces se encuentran en los doce años consecutivos de gobierno kirchnerista que moldearon la política nacional desde 2003 hasta 2015.
Durante ese período, Argentina vivió tres mandatos presidenciales bajo la misma coalición política: uno de Néstor Kirchner (2003-2007) y dos de Cristina Fernández (2007-2015). En su fase inicial, el gobierno de Néstor Kirchner logró lo que parecía imposible: reconstruyó la economía argentina después del colapso de 2001. Las cifras de crecimiento y la recuperación de instituciones fueron tangibles. Sin embargo, esa etapa de éxito relativo no sería duradera.
Hacia el segundo mandato de Cristina Fernández, los síntomas de desgaste comenzaron a aparecer de manera ineludible. La inflación descontrolada, escándalos de corrupción y un desorden económico creciente erosionaban la legitimidad del proyecto político kirchnerista. Pero más allá de los números, había algo más profundo: el kirchnerismo había construido una política basada en la confrontación permanente, en la idea de que la lucha contra un enemigo era el núcleo de su propuesta.
Este modelo de confrontación constante generó, casi inevitablemente, una reacción contraria. En 2015, Mauricio Macri ganó las elecciones representando a Cambiemos, una propuesta política que surgió como contracara explícita del kirchnerismo. Pero aquí ocurrió algo crucial: en lugar de construir un proyecto que integrara a la sociedad polarizada, el nuevo gobierno tendió también a profundizar la división.
El concepto de "la grieta" no es espontáneo ni anterior a estos ciclos; fue el periodista Jorge Lanata quien lo popularizó en 2013, durante los Martín Fierro, como una metáfora de la división irreconciliable que veía en Argentina. "Hay como una división irreconciliable en la Argentina, lo que yo llamo 'la grieta' y creo que es lo peor que nos pasa", expresó entonces Lanata, identificando un fenómeno que ya estaba madurando en la sociedad.
Esa grieta no era un descubrimiento de la inteligencia periodística; era la manifestación visible de años de política basada en la confrontación. Lo notable es que ningún gobierno posterior logró, ni siquiera intentó seriamente, cerrar esa brecha. Al contrario: cada nuevo ciclo parecía abrirla más.
La llegada de Cambiemos al poder bajo Macri no trajo reconciliación, sino nuevas formas de conflictividad. Un punto de inflexión ocurrió en 2017, cuando el gobierno impulsó una reforma previsional. La reacción fue explosiva: frente al Congreso se registró un enfrentamiento político violento que dejó catorce toneladas de piedras lanzadas contra la sede legislativa. Era la grieta hecha piedra, la polarización hecha acción directa.
Ese incidente fue sintomático de algo más profundo: la política argentina no había encontrado un mecanismo para procesar sus conflictos de manera institucional. La alternancia de gobiernos, lejos de generar ciclos de aprendizaje, parecía reproducir el mismo patrón de confrontación, solo con protagonistas intercambiados.
En 2019, el ciclo de Macri se cerraba con otra derrota electoral. Pero lo que retornó al poder no fue una reparación de la grieta, sino su reconfiguración. Alberto Fernández llegó a la presidencia, pero con Cristina Fernández ejerciendo una conducción real desde la vicepresidencia. Era, en cierto sentido, un retorno del kirchnerismo, pero en una versión debilitada y fragmentada internamente.
El gobierno de Alberto Fernández enfrentó una inflación descontrolada e internas constantes. La promesa de cambio nuevamente se chocó contra la realidad de un país dividido y sin consensos básicos. Mientras tanto, la grieta seguía activa, alimentada por ambos bandos.
La llegada de Javier Milei al poder en el ciclo más reciente fue presentada como una ruptura radical con todo lo anterior. Y en cierto sentido lo fue: Milei representaba la irrupción de un discurso que se presentaba como ajeno a los ciclos kirchnerista-macrista. Pero su llegada fue, fundamentalmente, una consecuencia del hartazgo de millones de argentinos frente a gobiernos que prometían cambio sin lograrlo, que profundizaban la crisis económica, que no resolvían los conflictos de fondo.
Sin embargo, la pregunta que flota en el aire es si esta ruptura representa realmente una superación de la grieta o solo su reacomodo. Lanata mismo, años después de popularizar el concepto, expresó una esperanza melancólica: "Vendrán Florencia, Máximo y la grieta va a seguir… Ojalá que algún día podamos superar esta grieta porque dos medias Argentinas no suman una Argentina entera".
Lo que emerge de estos ciclos es un patrón inquietante: Argentina parece condenada a repetir un ciclo donde cada nuevo gobierno promete enterrar al anterior, donde la política se define más por la negación de lo que vino antes que por la construcción de lo nuevo. Los doce años de kirchnerismo, los cuatro de Macri, los cuatro de Fernández y ahora los de Milei, no son episodios aislados sino capítulos de una narrativa más amplia de polarización que se auto-perpetúa.
Mientras no haya un acuerdo genuino sobre algunos principios básicos de convivencia política, la grieta seguirá allí, adaptándose, mutando, pero fundamentalmente presente. La alternancia de poder no ha producido aprendizaje político; ha producido, en cambio, una profundización de la desconfianza mutua. Argentina avanza hacia adelante mientras, simultáneamente, da pasos atrás en lo que respecta a la construcción de institucionalidad compartida y consensos democráticos mínimos.