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Política

Pueyrredón y San Martín: la censura de "noticias falsas" en la independencia

La lucha por la independencia argentina no solo fue militar. Figuras como Pueyrredón y San Martín usaron acusaciones de "noticias falsas" para neutralizar voces críticas y consolidar el poder revolucionario en la década decisiva.

Por Redacción Última Hora·Hace 1 h·4 min de lectura
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La independencia y su arma invisible: la censura institucional

La independencia argentina se forjó en batallas, pero también en salas de poder donde la palabra era tan letal como la pólvora. Un análisis detallado del período revolucionario revela cómo figuras clave como Pueyrredón y San Martín utilizaron sistemáticamente la acusación de "noticias falsas" como herramienta política para acallar a quienes se atrevían a cuestionar sus decisiones o estrategias de gobierno.

Este mecanismo de control no era accidental. En una época donde la prensa comenzaba a tomar forma como actor político, la capacidad de descalificar públicamente a los adversarios —tildándolos de difusores de mentiras— se convirtió en una estrategia tan efectiva como letal para eliminar la disidencia sin necesidad de tribunales o procesos formales.

Pueyrredón: poder ejecutivo y narrativa nacional

Juan Martín de Pueyrredón, como director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, ocupaba una posición de poder inmejorable para moldear la opinión pública. Su gestión estuvo marcada por decisiones controversiales que generaron críticas entre sectores que consideraban que los recursos y la estrategia revolucionaria no eran los adecuados.

Frente a estas voces disidentes, Pueyrredón recurrió a un método ya probado: descalificar las críticas como "falsedades" propagadas por traidores o enemigos de la causa. Al hacerlo, no solo defendía sus políticas, sino que criminalizaba la disidencia misma. Cualquiera que cuestionara sus acciones quedaba automáticamente etiquetado como difusor de información falsa, alejado del círculo de "los patriotas verdaderos".

Esta técnica era particularmente efectiva porque operaba en dos niveles: desacreditaba al adversario y, simultáneamente, reforzaba la narrativa oficial del proceso revolucionario. La población común, sumida en la incertidumbre de la guerra, tendía a creer en las autoridades que se presentaban como guardianes de la "verdad patriota".

San Martín y la consolidación del control discursivo

La situación se replicaba en otros frentes de poder. José de San Martín, cuya autoridad militar era prácticamente incuestionable, también empleó mecanismos similares para neutralizar críticas sobre sus planes de campaña, gastos de guerra y decisiones estratégicas.

Lo notable es que San Martín operaba desde una posición diferente a Pueyrredón: no gobernaba directamente las provincias, pero ejercía una influencia política decisiva. Cualquier cuestionamiento a sus métodos o resultados era rápidamente tachado de "desinformación" sembrada por rivalidades políticas internas o enemigos realistas disfrazados.

Esta acusación de "noticias falsas" funcionaba como una barrera de entrada al debate público. Los opositores tenían que gastar energías primero defendiéndose de la acusación de mentirosos antes de poder exponer sus argumentos sustantivos. Muchos simplemente desistían, dejando el campo abierto a la narrativa oficial.

La prensa como escenario de conflicto

La incipiente prensa porteña de aquella época —publicaciones como La Gaceta de Buenos Aires— se convirtió en campo de batalla. Editorialistas afines al gobierno publicaban refutaciones sobre supuestas "noticias falsas" que circulaban entre la población, pero raramente permitían que los críticos respondieran con sus propias pruebas o argumentos.

Este desequilibrio en el acceso a los medios de comunicación de entonces es el antecedente histórico directo de los debates modernos sobre censura y control de narrativas. En el período revolucionario, quien controlaba la imprenta controlaba la verdad —o al menos, lo que la mayoría creía que era verdad.

Opositores silenciados, críticas desaparecidas

Los efectos fueron profundos. Dirigentes que cuestionaban aspectos de la independencia fueron progresivamente apartados del poder, no por voto democrático o deliberación pública clara, sino por descalificación sistemática. Se les acusaba de esparcir "noticias falsas" sin que mediara una investigación rigurosa sobre la veracidad de sus críticas.

Algunos historiadores señalan que esta supresión de voces críticas tuvo consecuencias duraderas para la República Argentina. Al eliminar la disidencia mediante descalificaciones, se perdieron espacios de debate que hubieran podido producir decisiones más consensuadas y instituciones más sólidas.

¿Qué queda de aquella estrategia?

El paralelo entre aquellas tácticas de silenciamiento durante la independencia y los debates actuales sobre desinformación es innegable. El mecanismo persiste: cuando una autoridad acusa a sus críticos de "noticias falsas" sin permitir réplica o investigación pública, reproduce el patrón que Pueyrredón y San Martín perfeccionaron hace dos siglos.

Lo que comenzó como un método para consolidar el poder revolucionario se convirtió en un precedente institucional. El "control de la narrativa" dejó de ser una táctica coyuntural para volverse un componente estructural de cómo se ejerce el poder en Argentina.

El análisis histórico de este período no pretende restar mérito a la independencia ni a sus líderes, pero sí invita a reconocer que la revolución de 1810 y sus años subsiguientes fueron también laboratorios de técnicas de censura que, modificadas según los medios disponibles en cada era, siguen presente en el debate público argentino contemporáneo.

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