Cachito Vigil, exentrenador de Las Leonas, confesó su íntima relación con Boca y River. El técnico que llevó al hockey argentino a lo más alto revela cómo ambos clubes moldearon su filosofía deportiva.

Cachito Vigil nació en Núñez, el barrio que respira rojo desde la fundación de River Plate, pero su primer encuentro con un estadio de fútbol llegó con su padre a la cancha de Boca. Tenía apenas 8 años cuando cruzó las puertas de La Bombonera acompañado por un hincha xeneize convencido. Su viejo llevaba la pasión azul y oro en las venas, y aunque la genética paterna apuntaba en esa dirección, el destino deportivo de Vigil tomaría un rumbo diferente cuatro años después.
En 1975, el año en que River salió campeón, algo cambió en la cabeza del futuro técnico de Las Leonas. En un acto de autodeterminación que sorprendió a su padre, Cachito eligió convertirse en hincha de River. No fue una imposición, sino una decisión propia que marcó profundamente su relación con el fútbol argentino y que años después explicaría en los términos más sinceros posibles: "No puedo no ser de esos equipos que me representan. Uno tiene un cuadro y es de ese cuadro, pero es imposible no ser hincha del equipo de tu viejo", recordó en ESPN F90.
Su padre falleció antes de que Cachito dirigiera a la Selección Argentina de Hockey femenino, antes de que los logros internacionales llegaran, antes de que su nombre quedara inscripto en el palmarés del deporte nacional. No pudo ver cómo su hijo transformaría a Las Leonas en una potencia mundial durante los años 1997 y 2004, período en el que ganó un título Mundial y conquistó dos medallas en Juegos Olímpicos. Esa ausencia definitivamente influyó en la forma en que Vigil siempre reflexionó sobre la herencia y el legado familiar en el deporte.
Para el año 2001, cuando Argentina atravesaba una de sus peores crisis económicas e institucionales de la historia moderna, Cachito Vigil dirigía a sus jugadoras de hockey con una visión particular del triunfo. En esos tiempos difíciles, su imaginario deportivo combinaba lo mejor de ambas orillas del Río de la Plata en términos futbolísticos. Su filosofía no era eclecticismo casual: era el reflejo de un técnico que había integrado en su ADN competitivo las características que admiraba en Boca y River.
Fue entonces cuando Vigil confesó públicamente una verdad que lo perseguía: "Soñaba con que mis equipos tengan los huevos de Boca y que jueguen con pelotas como jugaba River". La frase es perfecta en su simplicidad. No es un dilema absurdo entre dos lealtades irreconciliables, sino la síntesis de un entrenador que buscaba lo mejor del fútbol argentino en sus equipos. Los "huevos" de Boca representan ese coraje, esa garra, esa determinación casi irracional que caracteriza al club de La Bombonera. El juego de River, en cambio, remite a la calidad técnica, al dominio del balón, a la elegancia con mayúscula que siempre ha perseguido el club de Núñez.
La década del 90 y principios del 2000 fue la época dorada del hockey argentino femenino, y Cachito Vigil fue su arquitecto principal. Sus equipos lograron trascender el hockey como deporte tradicional en el país y capturaron la imaginación de un público que históricamente había puesto el fútbol como centro del universo deportivo nacional. Cada logro de Las Leonas bajo su dirección reflejaba esa combinación de características que tanto admiraba: la intensidad luchadora de Boca mezclada con la fluidez ofensiva de River.
Lo que Vigil revelaba no era una contradicción, sino una completitud. Su pasión por ambos clubes no anulaba su pertenencia a River —nacido en ese barrio, criado en esa geografía— pero tampoco negaba la huella imborrable que dejó su padre, hincha de Boca. Para Vigil, la lealtad no era binaria. Era posible pertenecer intensamente a un color y respeto profundo al otro, especialmente cuando ese otro representaba la herencia familiar, el linaje emocional que nos forma.
En 2001, cuando el país se tamaleaba, cuando muchos argentinos buscaban señas de identidad en sus comunidades más pequeñas, Cachito Vigil seguía persiguiendo la excelencia deportiva con la brújula que le habían dejado sus dos familias futbolísticas. Y mientras su padre ya no estaba para verlo, sus Leonas escribían historias de oro que hoy permanecen intactas en la memoria del deporte argentino.