El desembarco de Diego Santilli en la Jefatura de Gabinete no es solo un cambio de nombres en la Casa Rosada. Su ascenso reconfigura la mesa de poder de Javier Milei y abre una nueva etapa en el oficialismo, con impacto directo en la relación con las provincias, el PRO y el armado hacia 2027.

La política rara vez espera. Y mucho menos en un Gobierno que convirtió el movimiento permanente en una forma de administrar el poder. La llegada de Diego Santilli a la Jefatura de Gabinete no puede leerse únicamente como una modificación del organigrama nacional: representa un reordenamiento profundo dentro de La Libertad Avanza.
Hasta hace pocos meses, el esquema de poder del mileísmo parecía apoyarse en dos figuras centrales. Por un lado, Karina Milei, responsable del armado partidario y principal sostén político del Presidente. Por el otro, Santiago Caputo, estratega de máxima confianza con fuerte influencia sobre la comunicación y buena parte de las decisiones de gestión.
La irrupción de Santilli alteró ese equilibrio.
El dirigente que había sido incorporado como puente con gobernadores e intendentes pasó a ocupar un lugar mucho más amplio: el de coordinador político del Gobierno nacional. Su llegada a la Jefatura de Gabinete vino acompañada de un fortalecimiento institucional que incluye coordinación ministerial, manejo de herramientas presupuestarias y creciente influencia sobre áreas estratégicas del Estado.
Dentro de la Casa Rosada ya no se lo observa solo como un dirigente proveniente del PRO. Para muchos funcionarios, Santilli comenzó a convertirse en uno de los hombres con mayor peso real dentro del oficialismo.
El ascenso del jefe de Gabinete también modifica la dinámica interna de La Libertad Avanza. Karina Milei mantiene el control del partido y sigue siendo una figura indispensable para Javier Milei. Santiago Caputo conserva influencia como asesor presidencial. Pero Santilli suma ahora algo diferente: gestión, presupuesto, negociación parlamentaria y relación directa con las provincias.
Esa combinación es poco habitual en un mismo funcionario.
Por eso, su crecimiento empezó a ser leído como uno de los movimientos más relevantes del reordenamiento interno del Gobierno. No se trata solamente de protagonismo político, sino de capacidad concreta para arbitrar conflictos entre ministerios, gobernadores y sectores del oficialismo.
El fortalecimiento de Santilli responde también a una necesidad del Presidente. Después de meses de tensiones políticas y desgaste institucional, Milei busca incorporar una figura con experiencia de gestión, diálogo con actores territoriales y capacidad para administrar crisis.
Ese perfil explica, según distintos análisis políticos, por qué el mandatario decidió confiarle la coordinación general del gabinete.
La consecuencia es clara: la mesa chica del poder libertario ya no parece limitada al eje Karina Milei-Santiago Caputo. Santilli pasó a ocupar un lugar privilegiado dentro del círculo de máxima confianza presidencial y se convirtió en uno de los funcionarios con mayor influencia sobre las decisiones estratégicas del Gobierno.
El impacto de este movimiento no termina en la gestión cotidiana. De cara a las elecciones de 2027, Santilli aparece como uno de los dirigentes mejor posicionados para conducir las negociaciones con el PRO, ordenar el armado bonaerense y articular acuerdos con gobernadores e intendentes.
Esas funciones exceden ampliamente el rol tradicional de un jefe de Gabinete y lo proyectan como una pieza clave en la construcción política de la segunda etapa del gobierno de Javier Milei.
En la política, el poder suele medirse menos por la exposición mediática que por la capacidad de administrar recursos, resolver conflictos y construir alianzas. Y en ese terreno, el ascenso de Diego Santilli parece haber redefinido la arquitectura interna del oficialismo: más que un funcionario promovido, emerge como uno de los nuevos pilares sobre los que Milei busca sostener su proyecto de poder.
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