Juan Leyrado interpreta a Domingo Faustino Sarmiento en obra de teatro que cuestiona contradicciones históricas del prócer sin caer en divisiones políticas actuales. Se presenta en Centro Cultural Cooperación.

Juan Leyrado encarna a Domingo Faustino Sarmiento en la obra teatral "Sarmiento, la clase", que se presenta en el Centro Cultural de la Cooperación. La puesta en escena, escrita por Juan Francisco Dasso y dirigida por Nicolás Dominici, traslada al prócer argentino a un espacio de diálogo directo con la audiencia contemporánea, transformando su legado en un interrogante urgente para la Argentina de 2024.
La obra llega en la semana dedicada al Día del Maestro, coincidencia simbólica que refuerza su eje central: la educación como eje identitario de la nación. A 160 años de su muerte, Sarmiento vuelve a dar clase, pero esta vez con preguntas incómodas sobre lo que significó su proyecto y lo que el país ha hecho con él.
El actor argentino realizó un trabajo exhaustivo para asumir el rol. Antes de la interpretación desconocía aspectos fundamentales de la vida y obra de Sarmiento, lo que lo llevó a una investigación que le permitió comprender las múltiples dimensiones del prócer. Leyrado no busca ofrecer un Sarmiento celebratorio ni anacrónico, sino presentar sus tensiones internas sin domesticarlas.
En la construcción del personaje, Leyrado enfatiza que "Era un gran hombre, un hombre muy productivo, un hombre que hizo mucho por la Nación y que tenía un objetivo claro", según declaró el intérprete. Pero esa claridad de propósitos no evita, en la obra, el encuentro con sus límites y contradicciones como figura histórica.
La propuesta de Dasso y Dominici evita dos trampas comunes en el teatro político argentino: la mitificación acrítica y la apropiación facciosa. La obra aborda las contradicciones históricas de Sarmiento sin eludirlas ni integrarlo forzadamente a las divisiones políticas contemporáneas. Se trata de un ejercicio de honestidad histórica que respeta la complejidad.
El escenario presenta a Sarmiento frente a un aula, interactuando con el público actual. Este dispositivo es crucial: no es una conferencia sobre Sarmiento, sino un encuentro donde el prócer dialoga con quiénes somos y qué hacemos con su herencia. La audiencia no es pasiva; es parte de la clase que Sarmiento sigue dictando desde hace siglos.
Las funciones han generado respuestas diversas en la sala. Los espectadores han transitado desde momentos de humor hasta incomodidad absoluta, pasando por atención sostenida. Algunos incluso cantaron el Himno a Sarmiento durante las presentaciones, acto que fusiona lo lúdico con lo reverencial.
Esas reacciones no son accidentales: reflejan el debate que la obra intenta provocar. ¿Quién fue Sarmiento para nosotros? ¿Qué pedimos prestado de su legado educativo? ¿Qué hemos abandonado de sus convicciones sobre la instrucción pública como arma civilizadora?
En medio de la representación, el actor deja claro un diagnóstico inquietante. Según Leyrado: "Lo que estamos viviendo es totalmente contrario a lo que quería Sarmiento". La frase no es una consigna política, sino una constatación que emerge de la investigación biográfica y del diálogo con el texto histórico.
El presente educativo argentino —precarización docente, deserción estudiantil, desinversión pública— contrasta brutalmente con la visión de Sarmiento, para quien la educación era condición de posibilidad de toda modernidad. No se trata de revanchismo nostálgico, sino de reconocimiento de una brecha.
De allí emerge el mensaje central de la obra, que Leyrado sintetiza con claridad: "Fundamentalmente hay un mensaje de tomar conciencia de que con la educación hay que hacer algo". No es un llamado a una fórmula específica, sino a la recuperación de la urgencia. La educación no es un sector entre otros; es el terreno donde se define qué tipo de país somos y queremos ser.
"Sarmiento, la clase" funciona así como una interpelación. En medio de fragmentación política, desacuerdos sobre modelos económicos y luchas por recursos escasos, la obra regresa a una pregunta anterior: ¿compartimos algún consenso sobre educación? ¿Hay mínimos irrenunciables?
La presentación en el Centro Cultural de la Cooperación sitúa la obra en un espacio de debate público. No es teatro de elite ni de consumo pasivo. Es teatro que espera respuesta, que invita al aula a transformarse en asamblea. Después de 160 años, Sarmiento sigue enseñando. La pregunta es si estamos dispuestos a aprender.