Un ensayo publicado en 2025 examina cómo la inteligencia artificial puede manipular emociones colectivas y diseñar narrativas de control político mediante la simulación de esperanza.

Un análisis crítico sobre inteligencia artificial y manipulación de masas ha puesto en el centro del debate nacional la cuestión de cómo las estructuras de poder utilizan tecnología para moldear emociones colectivas. El debate se intensifica en un contexto donde las propuestas sobre derechos legales para entidades de IA sin supervisión estatal generan preocupación entre analistas políticos y expertos.
Eduardo Sanguinetti, filósofo, poeta y performer, ha publicado un ensayo titulado 'IA, el final, ¿un bluff?' a través de Editorial La Cifra en 2025. La obra analiza mecanismos mediante los cuales conceptos aspiracionales como la esperanza pueden convertirse en herramientas de control social, cultural y político, ofreciendo una mirada profunda sobre cómo la tecnología moderna intensifica estos procesos.
El ensayo de Sanguinetti concentra su argumento en una premisa central: conceptos tradicionalmente asociados con valores positivos y humanos pueden ser instrumentalizados por sistemas de poder para mantener disciplina social. La esperanza, elemento fundamental de la experiencia emocional colectiva, aparece en este análisis no como un sentimiento genuino sino como un recurso manipulable susceptible de ser diseñado mediante algoritmos.
Según el análisis, la inteligencia artificial permite a estructuras de poder crear narrativas aspiracionales sofisticadas mediante modelos predictivos. Estos modelos no se limitan a recopilar datos existentes, sino que activamente diseñan futuros imaginarios que mantienen a las poblaciones emocionalmente invertidas en promesas que nunca se concretan. El filósofo advierte que esta capacidad de simulación es especialmente peligrosa porque no requiere intención conspirativa explícita, sino únicamente la optimización estadística de resultados que mantienen el statu quo.
En el plano político nacional, la propuesta presidencial de otorgar derechos legales a entidades de IA sin mecanismos de control estatal es caracterizada por Sanguinetti como un 'experimento social catastrófico'. Este posicionamiento refleja una inquietud creciente entre intelectuales y analistas respecto de cómo estructuras de autorregulación corporativa podrían consolidar aún más el uso de tecnología con fines de manipulación sistémica.
El ensayo sostiene que la ausencia de supervisión independiente crea incentivos perversos. Sin mecanismos de fiscalización robusto, se argumenta, existe riesgo de desvío de fondos públicos por parte de funcionarios que actúen en connivencia con entidades privadas de IA. Este escenario combinaría dos amenazas: la corrupción tradicional y la captura algorítmica de espacios de decisión pública.
Uno de los puntos más provocativos del análisis es la distinción entre emoción genuina y simulación algorítmica. Sanguinetti plantea que "la IA no siente esperanza, solo simula su lenguaje. Calcula probabilidades y optimiza resultados estadísticos", señalando una brecha fundamental entre cómo experimentamos los humanos y cómo procesa la máquina. Sin embargo, esta brecha no invalida el poder manipulador de la simulación: de hecho, la potencia precisamente porque actúa sobre expectativas humanas reales mediante narrativas perfectamente calibradas.
El filósofo utiliza una metáfora corrosiva para describir el estado actual: "Nos vendieron un mañana que nunca tuvo espina dorsal, un dios de concreto con manos de burócrata, y compramos el boleto para el tren que no va a ninguna parte". Esta imagen sintetiza su preocupación de que estructuras de poder —tanto políticas como empresariales— ofrecen futuros imaginarios que carecen de fundamentación real, pero que logran capturar adhesión emocional masiva.
La publicación del ensayo en 2025 y su visibilización en septiembre de 2026 coinciden con un momento de mayor conciencia pública respecto de riesgos asociados a la IA. Debates internacionales sobre sesgo algorítmico, privacidad y concentración de poder tecnológico han trascendido espacios académicos y generado demanda por análisis riguroso de cómo estas herramientas afectan gobernanza democrática.
El planteo de Sanguinetti no es fundamentalmente tecnofóbico, sino que apunta a la necesidad de mecanismos de control democrático sobre sistemas que moldean percepciones colectivas. La pregunta que subyace al ensayo es clara: ¿quién decide qué narrativas aspiracionales son diseñadas, a través de qué algoritmos, con qué criterios de beneficio público, y bajo supervisión de quién?
Estas interrogantes continuarán en el centro del debate político nacional mientras las propuestas sobre regulación de IA sigan sin resolverse en el Congreso, y mientras estructuras de poder continúen explorando formas de integración de tecnología en espacios de decisión pública sin mecanismos de fiscalización independiente que garanticen que estas herramientas sirven al interés común y no únicamente a la optimización de control.