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Sociedad

Empleadas domésticas: 800 mil mujeres en la informalidad

Aproximadamente 800 mil mujeres trabajan en servicio doméstico en Argentina, mayormente en la informalidad. Un recorrido histórico muestra cómo evolucionó esta profesión desde 1890 hasta hoy.

Por Redacción Última Hora·Hace 12 h·4 min de lectura
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800 mil mujeres atrapadas en la informalidad del servicio doméstico

Según datos recientes de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH-INDEC), en Argentina hay aproximadamente 800 mil mujeres que trabajan en casas particulares. La mayoría continúan siendo parte del sector informal y trabajo no registrado, perpetuando un patrón laboral que atraviesa más de un siglo de historia nacional. En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires trabajan 70 mil mujeres en servicio doméstico, mientras que en Santiago del Estero la cifra alcanza 8 mil.

Este número colosal representa una realidad invisible en muchas familias argentinas: el trabajo doméstico sigue siendo uno de los sectores más desprotegidos, feminizado y precarizado de la economía nacional. A pesar de los cambios en las modalidades de contratación y la diversificación de orígenes de las trabajadoras, los fundamentos de desigualdad y exclusión permanecen intactos.

Del siglo XIX al presente: cómo evolucionó la demanda de empleadas

La historia del servicio doméstico en Argentina es la historia de cómo una sociedad en transformación perpetuó modelos de exclusión. Hacia 1920, el requerimiento de empleadas domésticas era el rubro con mayor demanda en los avisos clasificados de diarios de Buenos Aires. No era un rubro marginal sino central: las familias de clase alta y media alta necesitaban mano de obra constante para sostener su modo de vida.

En ese contexto, entre 1890 y 1920 las familias de clase alta y media alta contrataban empleadas "cama adentro", es decir, sin retiro a sus hogares. Estas mujeres vivían en las casas de sus empleadores, disponibles las 24 horas, sin límite de horario ni definición clara de sus responsabilidades. Era la forma más extractiva de la explotación laboral: total disponibilidad a cambio de vivienda, comida y un salario mínimo.

Posteriormente, el modelo evolucionó hacia empleadas "con retiro" (por horas), modalidad que predomina actualmente. Este cambio refleja tanto presiones de la clase trabajadora como transformaciones en las estructuras familiares de las clases medias y altas. Sin embargo, no implicó una mejora sustantiva en las condiciones: el trabajo por horas en casas particulares sigue careciendo de protección legal adecuada, aportes jubilatorios y cobertura de riesgos.

Migrantes internas y fronterizas: la construcción histórica del sector

Quiénes realizan este trabajo no es casual. En el período 1900-1920 las domésticas provenían principalmente de España e Italia, dentro de la ola de inmigración europea que caracterizó el modelo agroexportador argentino. Posteriormente, el patrón cambió: en el período 1930-1960 provenían de migrantes internas de provincias del noroeste argentino, desplazadas por crisis agrarias y pobreza rural.

Hoy el ciclo se repite con un giro regional: actualmente las domésticas provienen de países vecinos: Bolivia, Perú y Paraguay. Son mujeres que cruzan fronteras buscando oportunidades que sus países no les ofrecen, y encuentran en Argentina empleadores que aprovechan su vulnerabilidad migratoria para profundizar la precariedad. La cadena histórica de exclusión se mantiene, solo cambian los orígenes de quiénes quedan confinadas a este trabajo.

Feminización casi total de un sector históricamente invisible

Un dato sociológico decisivo: el servicio doméstico pasó de no estar totalmente feminizado a alcanzar un 98% de participación femenina. Esta transformación no fue accidental. Según el Censo Nacional de 1895, el servicio doméstico representaba entre 35% y 40% de la PEA femenina ocupada, una proporción ya muy alta que se profundizaría.

A comienzos del siglo XX, la cifra había crecido dramáticamente: superaban las 150 mil mujeres en servicio doméstico en toda Argentina. En Buenos Aires, ese universo era aún más concentrado: alrededor del 43% de las trabajadoras se desempeñaban en servicio doméstico. Era la ocupación femenina por antonomasia, la puerta giratoria hacia donde caían las mujeres pobres, migrantes o sin educación formal.

Con el tiempo, la feminización se tornó casi absoluta. Ya no era que muchas mujeres trabajaban en casas particulares; era que el servicio doméstico era cosa de mujeres, punto. Los hombres fueron desapareciendo de este sector, reforzando la idea de que cuidar hogares ajenos era una responsabilidad femenina "natural", una extensión no remunerada de lo que las mujeres "debían" hacer en sus propias casas.

Informalidad estructural: el desafío actual

La persistencia de 800 mil mujeres en trabajos informales de servicio doméstico no es resultado de falta de regulación reciente. Argentina cuenta con legislación que protege a empleadas domésticas desde hace años. El problema es la brecha entre la ley y su aplicación: sin registración, sin sindicación fuerte, sin fiscalización efectiva, el trabajo doméstico sigue siendo el refugio de la explotación laboral silenciosa.

Estos empleos se realizan detrás de puertas cerradas, lejos de inspecciones, fuera de toda visibilidad estadística formal. Una empleada doméstica que trabaja por horas en tres hogares diferentes difícilmente generará un reclamo o denunciará incumplimientos: depende de esas casas para su sustento, y el empleo informal le ofrece flexibilidad que el mercado formal rechaza para mujeres con responsabilidades de cuidado.

El trabajo doméstico en Argentina representa hoy una encrucijada: es un sector masivo (800 mil personas no es un número menor en el mercado laboral), altamente feminizado, dominado por migrantes vulnerables, estructuralmente informal y prácticamente invisible en los debates de política económica y laboral del país. Desde los avisos de diarios de 1920 buscando "empleadas cama adentro" hasta la actualidad, la búsqueda de soluciones apenas ha avanzado más que los cambios cosméticos en las modalidades de contratación.

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