Un análisis de Radio Sudamericana plantea que las políticas económicas no pueden estar atadas a dogmatismos y que superar divisiones políticas es, en sí mismo, una estrategia económica viable.

Un artículo de análisis económico difundido a través de Radio Sudamericana cuestiona uno de los principales obstáculos de la política económica nacional: la dependencia de dogmatismos ideológicos que profundizan la grieta política y limitan el espacio para soluciones pragmáticas. El planteamiento central es directo y desafiante: las decisiones sobre asuntos económicos no pueden estar subordinadas a divisiones políticas rígidas ni a interpretaciones cerradas de cómo debe funcionar la economía. En cambio, la propia superación de esas divisiones constituye, por sí sola, una política económica válida y necesaria.
La propuesta que emerge del análisis toca un dilema estructural del país: la incapacidad de construir consensos mínimos sobre políticas de largo plazo ha generado ciclos de reversión de decisiones, incertidumbre en los mercados y una volatilidad macroeconómica que afecta principalmente a los sectores más vulnerables. Cuando cada cambio de gobierno implica el desmantelamiento sistemático de las medidas del anterior, sin importar su efectividad real, la economía queda atrapada en una lógica de corto plazo que impide inversiones estratégicas y dificulta la planificación empresarial.
El argumento central es que esta fragmentación no es simplemente un problema político o social, sino una dimensión crítica de la política económica en sí misma. Mientras exista una grieta que determine qué se implementa y qué se rechaza según quién gobierna, las decisiones económicas seguirán siendo rehenes de ciclos electorales y confrontaciones ideológicas, en lugar de responder a criterios técnicos, evidencia disponible y necesidades concretas de la población.
El análisis subraya que ningún modelo económico único funciona en todas las circunstancias. Los contextos cambian, las condiciones internacionales se transforman, y las economías requieren ajustes continuos. Sin embargo, cuando existe un dogmatismo que impide cuestionar los propios supuestos o reconocer límites en una determinada aproximación, se pierden oportunidades para corregir rumbos y adaptarse.
Por el contrario, una economía que logre funcionar más allá de la grieta tendría espacio para evaluar qué funciona en cada coyuntura, qué falla, cuándo una medida requiere profundización y cuándo necesita ajuste. Esto no significa abandonar principios ni convicciones ideológicas, sino reconocer que la realidad económica no se pliega automáticamente a ninguna teoría pura.
Plantear que la superación de la grieta es en sí misma una política económica implica reconocer que la estabilidad institucional, la previsibilidad regulatoria y la confianza en que las reglas no cambiarán radicalmente con cada gobierno tienen un valor económico concreto. Empresas que saben cuál será el marco tributario en los próximos años pueden planificar inversiones. Trabajadores que confían en que los derechos laborales no serán desmantelados pueden consumir y ahorrar con mayor seguridad. Inversores que perciben continuidad en políticas de ciencia y tecnología pueden comprometerse a largo plazo.
Desde esta perspectiva, lograr que las principales fuerzas políticas acuerden sobre ejes mínimos de política económica —aunque disientan en otros aspectos— no es un sacrificio ideológico innecesario, sino una inversión en eficiencia económica. Es la construcción de un piso institucional que permite que la economía funcione con menos fricción.
Naturalmente, esto no es tarea fácil. La grieta política no es casual ni superficial; responde a intereses reales, visiones diferentes sobre qué modelo de país se desea y quién debe cargar con los costos de los ajustes. Pero el análisis sugiere que continuar con la lógica de ganador-perdedor, donde cada cambio de poder implica la eliminación de las políticas anteriores, termina siendo costoso para todos, incluso para quienes temporalmente se benefician con esos giros.
La economía nacional sigue enfrentando desafíos estructurales: inflación recurrente, vulnerabilidad externa, desempleo persistente en ciertos segmentos, inversión insuficiente. Ninguno de estos problemas se resolverá únicamente con dogmas de izquierda o de derecha, de mercado o de estado. Requieren análisis caso por caso, aprendizaje de experiencias previas —propias y ajenas— y capacidad para ajustar cuando las cosas no funcionan.
La propuesta de Radio Sudamericana, en definitiva, no es neutral ideológicamente, pero tampoco es reducible a una posición única: es un llamado a que la política económica recupere su piso técnico y se libere de las cadenas de divisiones políticas que terminan por impedir que funcione. Ese cambio de lógica es, de por sí, una transformación económica esperada por amplios sectores del país que ven en la polarización uno de los principales frenos a la estabilidad y el crecimiento.