Un informe de Unicef y Unesco revela que el 46% de niños entre 9 y 17 años enfrenta problemas por internet, celular o videojuegos. Psicólogos alertan sobre pérdida de habilidades sociales básicas en adolescentes hiperconectados.

Casi la mitad de los niños y adolescentes en Argentina enfrenta algún tipo de problemática vinculada con el uso de internet, teléfono celular o videojuegos. Es el dato más duro que emerge del informe que acaban de presentar Unicef y Unesco en 2025, y que retrata una realidad inquietante sobre cómo la hiperconexión moldea a una generación completa. El estudio analizó a menores entre 9 y 17 años, el segmento poblacional más vulnerable a estas dinámicas digitales que parecen volverse cada vez más invasivas.
Lo grave no es solo la cifra, sino lo que hay detrás: adolescentes que pierden capacidades sociales básicas, que sienten ansiedad al interactuar cara a cara con otros, que miden su valor personal mediante likes y comentarios. Una generación que vive conectada pero aislada, donde las pantallas reemplazan conversaciones genuinas y el cerebro nunca fue diseñado para procesar tanta información simultáneamente.
El psicólogo Alexis Alderete, licenciado en Psicología, plantea una pregunta incómoda sobre el funcionamiento neurológico de los adolescentes actuales. Según su análisis, existe una brecha fundamental entre lo que la evolución preparó en el cerebro humano y las exigencias que impone el mundo digital contemporáneo. "El cerebro hoy no está preparado, a nivel de desarrollo evolutivo, para manejar la cantidad de información que tiene el mundo digital", señala Alderete.
Esta aseveración no es especulativa: tiene sustento en lo que reportan diariamente otros especialistas en salud mental que trabajan con adolescentes. La sobrecarga cognitiva es real, medible, y se traduce en síntomas concretos: ansiedad, dificultad de concentración, irritabilidad, y sobre todo, una degradación acelerada de habilidades que hace apenas una generación eran automáticas en cualquier persona.
El consultorio de un psicólogo especializado en adolescentes es hoy un espacio donde emergen historias sorprendentes. Jóvenes que no pueden ordenar comida en un restaurante sin una app, que transpiran al tener que hacer una llamada telefónica, que no logran mantener contacto ocular en una conversación presencial. No son casos aislados: son patrones que se multiplican en ciudades grandes y pueblos de provincias como Río Negro, donde la conectividad también cambió las dinámicas sociales de menores.
Alderete describe con precisión clínica lo que observa: "Hay chicos que no adquirieron la habilidad humana de mirar a los ojos o prestar atención. Incluso pedir una hamburguesa fuera de una aplicación puede generarles muchísima ansiedad". Esto no es timidez heredada ni introversión temperamental, sino el resultado directo de horas y horas frente a pantallas durante años críticos de desarrollo neurológico, cuando el cerebro estaba moldeándose para la interacción social presencial.
Las redes sociales no fueron diseñadas por casualidad para ser adictivas: están construidas sobre mecanismos neuroquímicos que explotan cómo funciona el refuerzo en el cerebro. Los likes, los comentarios, los compartidos, generan picos de dopamina que el adolescente busca replicar constantemente. Es un ciclo de gratificación instantánea que refuerza la búsqueda obsesiva de aprobación externa.
El problema es que con el tiempo, ese mecanismo se distorsiona. El adolescente empieza a asociar su valor personal, su autoestima y su identidad directamente con métricas de redes sociales: cantidad de likes en una foto, cantidad de seguidores, comentarios en un video. El yo real queda relegado al fondo, y emerge un yo digital cuya existencia depende de la validación cuantificable de extraños. Esta construcción frágil de la autoestima es terreno fértil para la ansiedad, la depresión y trastornos emocionales más severos.
A esto se suma otra variable destructiva: el bullying digital. Los comentarios agresivos, las burlas públicas, el acoso en redes sociales impactan con fuerza multiplicada en adolescentes cuya identidad ya es vulnerable. Cuando esa validación que tanto buscan llega en forma de ataque, el daño psicológico puede ser profundo. Muchos adolescentes reportan pérdida de confianza para comunicarse, retirada social, y mayor aislamiento como mecanismo de protección.
Lo perverso es que ese aislamiento los empuja hacia más pantallas, más redes, más búsqueda de aceptación digital. Un círculo vicioso sin salida fácil.
Una pregunta que surge naturalmente es si simplemente "desconectar" resuelve el problema. La respuesta de Alderete es contundente y reveladora sobre la magnitud de la dependencia que se ha generado. "Cuando simplemente se saca el dispositivo, aparece una explosión emocional. Cada vez vemos más adolescentes que rompen objetos o incluso amenazan a sus padres", advierte el especialista.
Esto sugiere que la adicción a las redes y dispositivos digitales es tan profunda en algunos casos que el retiro abrupto genera crisis comportamentales severas. No es un capricho de adolescentes malcriados, sino una reacción que refleja dependencia neurochemical y psicológica genuina. Los educadores y padres se encuentran en una encrucijada: ¿cómo establecer límites saludables sin provocar crisis emocionales?
Las organizaciones de salud global ya están sonando la alarma: para 2030, los trastornos de salud mental se ubicarán entre los principales desafíos sanitarios a nivel mundial. La hiperconexión de adolescentes en Argentina y el mundo es solo una variable en esta ecuación, pero es una variable significativa y en expansión.
Lo que está sucediendo con esta generación no es un fenómeno pasajero de "jóvenes pegados al celular". Es una crisis neurológica y psicosocial que está reconfigurando capacidades básicas de la especie humana: la mirada, la escucha, la presencia, la capacidad de tolerar aburrimiento y soledad sin estímulo digital. En provincias como Río Negro, donde la brecha entre zonas urbanas y rurales influye en los patrones de conectividad, el impacto es desigual pero presente en ambos casos.
Los expertos insisten en que se requiere una estrategia integral: educación digital desde temprana edad, límites consensuados en el hogar, acompañamiento psicológico cuando sea necesario, y reconocimiento de que el problema no es la tecnología en sí, sino cómo la utilizamos. Mientras tanto, casi la mitad de los adolescentes argentinos sigue atrapado en la encrucijada entre un mundo digital que no fue hecho para su cerebro y un mundo presencial que cada día le resulta más ansioso.